El estafilococo que hizo abdicar a un rey.

Historia “real” de algo que puede pasar cualquier día en un hospital… Historia de Rafael Sanchez.

Las declaraciones del primer ministro, Kaius Lark, hicieron su efecto. Las redes sociales completaron el trabajo. Al rey Hunter I no le quedaba más remedio que operarse en un hospital público. La campaña en la prensa monárquica alabando las excelencias de los cirujanos nacionales que trabajaban en prestigiosos hospitales extranjeros no logró convencer a los responsables del Sistema Oficial de Salud (SOS) para que autorizaran la contratación de uno de ellos o el traslado del regio paciente a un centro extraño a la Red Hospitalaria Pública (RHP). Tampoco ablandó el corazón del gobierno la publicación del algoritmo para abordar la infección de la prótesis de cadera de su majestad, que implicaba la necesidad de un equipo multidisciplinar (traumatólogos, infectólogos y microbiólogos incluidos) y coordinado, con recursos ajustados a las necesidades.

El joven Traine, el heredero, estaba desesperado. Las probabilidades de suceder anticipadamente a su padre iban en aumento. Y eso, a pesar de haberse preparado para ello durante toda su vida, le aterraba. Temía que el giro en la opinión pública en los últimos tiempos de crisis condujera a los poderes fácticos a despojarle de todos sus privilegios e incluso a desterrarle. La persistencia del rey en el trono era, de alguna manera, un seguro, y una forma de ganar tiempo. Todas las mañanas buscaba con ahinco brotes verdes en el dossier de prensa que la Real Casa le pasaba para que estuviese informado. Pero hasta el momento sólo había encontrado hierbajos secos, junto a los castillos en el aire que aireaba constantemente la propaganda gubernamental.

En el Hospital de Noville no estaban menos nerviosos. Como siempre, habían recibido órdenes contradictorias. Por un lado, el SOS comunicó a la dirección que el rey sería operado en él bajo identidad oculta, para evitar a la prensa y, sobre todo, elsíndrome del recomendado. Pero, al mismo tiempo, los inspectores de la RHP visitaron el centro para exigir que el día previsto para la intervención estuvieran reservados dos quirófanos de traumatología con toda su dotación y se reforzara la plantilla de enfermería de la planta de Ortopedia. Nadie pensó en advertir al Laboratorio de Microbiología para que procesase con especial esmero las muestras de material protésico que recibiera a lo largo de la jornada.

El jueves, víspera del día D, al caer la tarde, un par de coches del servicio secreto aparcaron junto a la puerta de las cocinas. El espacio delante del cartel de “Prohibido aparcar”, estaba extrañamente desocupado, tras un duro trabajo de los vigilantes de seguridad a lo largo de todo el día. El rey, con peluca y gafas oscuras, fue conducido en una desvencijada silla de ruedas hasta la zona de ascensores de servicio a lo largo del tenebroso pasillo lleno de desconchones en las paredes y manchas herrumbrosas en el suelo que habían dejado las goteras de las tuberías que recorrían el techo. En el mismo lugar donde se amontonaban contenedores para residuos infecciosos, dos celadores mantenían bloqueado uno de los montacargas que, finalmente, transportó al rey y a uno de sus guardaespaldas, disfrazado con pijama quirúrgico, hasta la 9ª planta, de la que acababan de despejar a los visitantes. Las luces estaban atenuadas y la silla recorrió los 15 metros desde el ascensor hasta la habitación 902 en menos de 10 segundos. En la historia clínica electrónica figuraba como ingresado Theoden Rohan, que ocupaba el primer lugar en el parte de quirófano del día siguiente con el diagnóstico de “Movilización de PTC”. Nadie se preocupó de preguntar si era en el lado izquierdo o en el derecho.

El rey no pegó ojo en toda la noche, debido a los ronquidos de sus guardaespaldas y al ruido del baño del control de enfermería contiguo a su habitación. A la mañana siguiente, dos auxiliares distintas le tomaron la temperatura, a las 7:15 y a las 8:07, y sólo los reflejos del guardaespaldas -recién despertado- impideron que diera cuenta del desayuno que le habían entrado por error, ya que la etiqueta de la bandeja se había caído en el ascensor.

La intervención, prevista para las 9:00, se retrasó debido a una avería en el tren que el primer cirujano tomaba a diario para venir de la capital. Las llamadas histéricas de la Real Casa, de la sede del Gobierno y de la dirección del SOS colapsaron la centralita del hospital hasta el momento en que la enfermeracirculante anotó “11:45″ en la casilla “Hora de entrada en quirófano” de su hoja de registro. La tensión en la sala de operaciones hizo que se olvidaran delchecklist y a última hora alguien se dio cuenta de que las imágenes radiológicas proyectadas en el monitor correspondían al último paciente del día anterior.

A las 14:47 se recibieron en Microbiología varios contenedores pequeños con muestras de tejidos adyacentes a la prótesis retirada y un contenedor grande con la propia prótesis. Nadie las esperaba. No quedaba ningún administrativo para hacer el registro. El técnico que se hizo cargo estaba solo y a punto de cambiarse para marcharse, y -aunque era viernes- decidió guardar todas las muestras en la cámara frigorífica sin sembrarlas. Total, nunca protestaba nadie por un retraso en los resultados.

Las muestras reales fueron sembradas en medios de cultivo el lunes por la mañana, 66 horas más tarde, pues el Laboratorio de Microbiología permaneció cerrado todo el fin de semana, como siempre. Cuando el traumatólogo llamó a las 9:30 de ese día preguntando por los resultados de la identificación y el antibiograma, le respondieron que tardarían aún 48 horas, y que no, no disponían de ningún sistema rápido tipo MALDI-TOF, GeneXpert o similar. A ver si se había creído que esto era la Clínica Mayo. “Estamos en Noville y no en Rochester, Minnesota, mi niño”, remachó la Jefa del Servicio, que no era microbióloga, claro.

Esa tarde, el rey tuvo fiebre. Los hemocultivos, a nombre del paciente Theoden Rohan, se dejaron, sin que nadie les prestara atención, en la sala de recepción de muestras a la espera de ser procesados al día siguiente. Pero una avería en el aparato de incubación de los hemocultivos impidió que funcionara la detección automática del crecimiento bacteriano. Esta sólo se produjo 5 días más tarde, tras hacer pases ciegos de los viales a placas de agar sangre.

Cuando ya no le quedaban uñas que morderse, el miércoles tuvo por fin acceso el traumatólogo (cuyo móvil sonaba cada hora más o menos con llamadas de la Real Casa y de la Central del SOS) a los resultados microbiológicos. Se había aislado un estafilococo coagulasa negativo resistente a meticilina y a vancomicina. La cobertura antibiótica estándar que se había suministrado al monarca no funcionaba. Habían hecho el recambio de la prótesis en un tiempo para acortar la recuperación y lo más probable era que se hubiese fastidiado todo y se mantuviera la infección. No podía predecirse siquiera si el rey llegaría a recuperarse ni, por supuesto, cuándo.

Kaius Lark no pudo ocultar su satisfacción cuando le informaron. Esa misma tarde reunió al Consejo, que aprobó decretar la incapacidad del rey, a no ser que éste abdicase voluntariamente. El viernes, el propio rey se lo comunicó a su hijo, que se desmayó. Revuelo en la planta y carreras con el carro de paradas, mientras los timbres sonaban frenéticamente.

Y entonces, me desperté.

20031014_004_normal.jpg Rafael Sánchez (@rafsan59)
22/09/13 20:21
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